SÍMBOLOS QUE AYUDAN A SOBREVIVIR

Por Damián Marrero Real, escritor y filósofo.

Tenía un compañero que acudía a las consultas de neumología “protegido” por una colección de estampitas religiosas. Las repasaba todas antes de entrar en la misma. Un día no encontró una y no pudo evitar una crisis de ansiedad. Cuando me lo contó –sabedor, además, de mi falta de ciertas creencias- le dije: “Si te sirve y no hace daño a nadie, bien está”. El problema es que le dio luego por una suerte de empeño por convertirme a la fe cristiana y me regalaba rosarios e imágenes de plástico rellenas con agua bendita. Yo las recibía agradecido, le señalaba lo inútil del propósito y poco más. ¿El comportamiento de este compañero lo podemos calificar de TOC (Trastorno Obsesivo-Compulsivo, y por tanto un tipo de patología) o una forma de “ritual” que, como tantos, alivia la incertidumbre y el sufrimiento? Ciertamente, las fronteras, a veces, son difusas. En cualquier caso, todos nosotros y nosotras somos seres dotados de conciencia que es capaz de producir los productos más excelsos y también los más siniestros. Esta conciencia es siempre conciencia de los límites, de la mortalidad y, por tanto, de la pérdida. Desde que esta conciencia, en nuestro proceso evolutivo, se convirtió en una “conciencia de sí mismo” paralelamente transmutamos también en seres simbólicos. Esta condición simbólica del ser humano, que se traduce en infinidad de rituales, generalmente de carácter ancestral, suelen estar relacionados con la dualidad nacimiento-muerte, muchas veces ha sido entendida como opuesta a un tipo de pensamiento racional y hoy la vemos como una forma complementaria de navegar en el turbulento mar de la existencia. Una vez que es imposible desligarnos de nuestra emocionalidad constitutiva no nos queda otra que tratar de encauzarla. Si entendemos los rituales en línea con María Belmonte: “(…) palabras y gestos que nos permiten sentirnos unidos y partícipes de algo más grande que nosotros»[1] también nos sirve para encontrar consuelo, establecer lazos de comunidad -tan necesarios en nuestro tiempo- y de identidad que para ser tal deben tender puentes con nuestro pasado cultural.

Los rituales constituyen un pattern cultural, un sustrato común a todas las culturas, independientemente de las múltiples formas que adopten. Son, por tanto, expresión a la vez de la diversidad cultural que hay que conservar y un recurso que, lejos del positivismo dieciochesco, puede convivir, sin problema alguno, con la fuente de conocimiento fundamental de la que disponemos: la Ciencia. Porque los rituales y el pensamiento simbólico no están, al menos a estas alturas, para conectarnos con realidades alternativas ni con mundos inaccesibles (si bien fue esta su función durante milenios no puede serlo ya) sino para compensar esa necesidad emocional, esa herida primordial de quienes somos “arrojados al mundo” –en palabras de Sartre-. Y no es por ello poca su importancia. Cuando ponemos una vela en memoria de una persona fallecida o como símbolo de luz en la oscuridad del solsticio de invierno que se acerca, acudimos a aquel símbolo que ya Heráclito entendiera como “arjé”: Principio constitutivo de todas las cosas, que simboliza la llama en cuanto que reúne en sí misma lo permanente y lo cambiante, el punto donde los contrarios (esa dualidad vida muerte, de la que hablamos) se encuentran. No importa que en el siglo VXIII Lavoisier descubriera el mecanismo químico de la combustión. Lo sabemos pero el poder simbólico –mágico, incluso- de la llama sigue cumpliendo su función.

No debemos confundir, por otra parte, la institucionalización de un conjunto de creencias y rituales en forma de Religión con la espiritualidad,  ni una vuelta al irracionalismo con el rescate y la puesta en valor de la tradición cultural. Es más, en tiempos donde “todo lo sólido se desvanece en el aire” –tal y como “profetizó” Marx-, proceso acelerado por estas formas últimas del capitalismo digitalista –con veleidades transhumanistas- que aquel no pudo ni imaginar, se hace más necesario que nunca retomar puntos de anclajes con nuestro patrimonio cultural, que es siempre un patrimonio material (o inmaterial, cosa que no es sino una variante de la primera) y que nos dota de esa solidez que se nos escapa. Como boyas a las que aferrarnos en una existencia muchas veces dolorosas, el pensamiento simbólico, la práctica ritual, no deja de ser una forma de compensar “la frágil piel del mundo” –expresión tal reveladora del filósofo Jean-Luc Nancy- y que tan erosionada se encuentra. Y como le decía al compañero que citaba al principio: “Si te sirve y no hace daño a nadie, bien está”.


[1] JAÚREGUI, Ignacio: Rituales. Fórcola. Madrid 2023. (Prólogo de María Belmonte). Pag 7.

DÍA DE FINADOS

Por Julio Concepción, animador sociocultural.

Día de Finados, Día de Difuntos, Día de los Muertos, hace referencia al día en el que se honra la memoria de nuestros seres queridos ya fallecidos en Canarias, 1 y 2 de noviembre.. En todas las culturas se honra a los difuntos, a quienes nos han precedido. Canarias tiene una larga tradición de honrar la memoria de quienes «hoy no están y están» en nuestro corazón. Una comunidad que honra a sus muertos, de quienes nos cuidaron para ser lo que somos, habla muy bien de ese pueblo.
El Día de Finados es una de las tradiciones más populares de Canarias, día que forma parte de la tradición de todos los pueblos. Hoy, a la tarde noche, víspera de los difuntos, muchas personas pondrán una lucita, mariposa o pabilito en señal de gratitud y de amor. Pero hoy, también veremos como nuestro patrimonio emocional se da contra una losa pesada, carnavalesca y comercial, como es Halloween, que trabaja «sobre el miedo a la muerte», «sobre el miedo a que me maten», a que te acuchillen, a que una araña, bruja, o psicópata te haga daño; en cambio la Noche de Finados, se moviliza sobre un concepto totalmente opuesto, «El de honrar a los muertos», «honrar a la muerte», como parte de la vida, como ciclo vital sobre que el que se construye nuestra identidad personal y colectiva; y sobre la que debemos de reflexionar. Sabernos finito nos aporta calidad de vida y es importante que las nuevas generaciones no vivan de espaldas a la esencia que somos.